sábado, 22 de marzo de 2008

La caja de ostras

Quería incluir aquí, en este rincón de textos huérfanos, esta extraña y disparatada historia. Mi Abuelo, por alguna razón, no podía evitar la carcajada al leerlo, y como me recuerda a mi infancia, le tengo cariño. Espero que os guste... el humor negro.

Antes de morir, el pavo había esparcido su mirada por la cocina. Estaba borracho. Le habían hecho beber coñac, y se le subió a la cabeza a la segunda copa. Hay que decir, en su honor, que llevaba su embriaguez mejor que cualquier cristiano. Aunque su sistema locomotivo se hallaba notoriamente influido por el alcohol, su conducta de ebrio era la de cualquier gentleman, y podía muy bien servir de ejemplo a esos muchachos reprobables que en cuanto dejan que se asome a sus gaznates el telescopio de una botella no hacen sino cantar, agredir a la gente y ponerse a bailar con o sin pareja. Pasase lo que pasase en el interior de aquella honesta gallinácea, su conducta era tal como si toda la vida estuviese emborrachándose entre personas serias. Nadie diría de él, al verlo acostado sobre su pechuga, grave y callado, que “tenía un tablón”, ni una “cogorza”, ni una “toquilla”, ni le aplicaría otra de esas expresiones vergonzosas, tan abundantes, con las que se designan los efectos de la dipsomanía; tal vez le conviniese el eufemismo “está mareado”, que en trances análogos aplican las madres a sus hijos con amor y los criados a sus señores con respeto.

La beodez del pavo era un poco melancólica. Había - ya lo hemos dicho - examinado la cocina en derredor, y no pudo encontrar otro comestible apercibido que un besugo mirando al infinito con su ojo turbio desde la fuente donde estaba tendido.

El pavo echó sus cuentas. El coñac le daba una gran lucidez.

«Por lo visto – pensó - , soy aquí el plato fuerte.»

Y calculó: el matrimonio, dos criadas, un niño de doce años y otro de diez y dos invitados. Total, ocho personas. Y para saciar el apetito, exacerbado por la alegría de la fiesta, de ocho personas, no tenía más aliado que aquel besugo, que no valía gran cosa.¡Mal asunto! Se quedarían con hambre y le echarían la culpa a él, al pavo, y un pavo tiene, naturalmente, el orgullo de llenar el fin para él que ha sido engordado. Estaba seguro de que comenzarían a decir en la mesa: «Este pavo nos engañó. Parecía otra cosa. Se quedan Ustedes con apetito por causa del pavo...» Y no era así; pero él no se había comprometido nunca a alimentar a un batallón.

- Bueno - dijo -; que se arreglen como puedan.

Y se dejó matar. Como lo mataron muy torpemente, su mal humor se acrecentó bastante. Quizá al pavo le hubiese servido de lenitivo el saber que la señora de la casa tenía sus mismas preocupaciones. Doña María abrigaba sombríos presentimientos acerca de lo que saldrían diciendo de su cena los señores de Domínguez, que eran los invitados, y toda su alegría se anegaba en tales sospechas. Aún había otra razón para su descontento.Ni un solo regalo entraba por aquellas puertas. Cuantos botones, cuantos individuos con traza de recaderos llamaron a ellas fue para solicitar aguinaldos con los pretextos más incongruentes. Doña María pronunció en el transcurso de la tarde varias alocuciones, contra la ingratitud humana y algunas soflamas contra el abandono de las viejas costumbres, para, terminar por descubrir una vez más qué su marido era tonto por hacer favores a quienes no sabían reconocérselos. Pero al anochecer llegó un envoltorio. Desató el cordel y, separados los papeles, apareció una caja de mazapán. Los niños la aclamaron. Doña María se puso pálida al ver la figura que habían dado al dulce.

- ¡Un serpentón!—exclamó—. Esto nos traerá desgracia.

Poco después llegaron los invitados: el señor Domínguez y su esposa, doña Luisa, y aún no habían terminado de verter sus observaciones acerca del frío de la calle, cuando arribó el segundo regalo: Doña María lo anunció con voz entrecortada por el júbilo: era una voluminosa caja de ostras que aún vertía el agua salobre de las rías gallegas. La felicidad inundó todos los corazones. Un frenesí gastronómico agitó a aquellos seres, y se dirigieron en tropel a examinar el tesoro oceánico. Había tantas ostras como eran precisas para saciarse. Doña María ya no dudó del éxito de la cena.

- ¡Vamos a abrirlas!- ordenó -. ¡Todo el mundo a abrirlas!

Cada cual se armó con el cuchillo que creyó más adecuado y se apoderó de uno de aquellos seres cuyo aspecto, profundamente indiferente, contrastaba con la agitación general. Cada uno también seguía sus aspiraciones personales acerca del lugar más propicio para atacar las valvas y conseguir que se separasen; quién lo hacía por lo más delgado de la unión, y quién por lo más ancho. El señor dé la casa instruyó:

- Es por aquí... Hay que meter la punta del cuchillo...; así, con maña...

Y dio un grito. Al resbalar por la concha, el cuchillo se le había clavado en la palma de la mano izquierda. Pero nadie le atendió.; estaban arrebatados por el entusiasmo de su labor, ansiando poner al descubierto los informes y sabrosos cuerpecillos. Doña María recordó brevemente que no era imposible encontrar perlas entre las ostras. De pronto resonó otro berrido. Una de las criadas acababa de seccionarse un dedo, que estaba allí, encima de la mesa, saltando como la cola de una lagartija.

- ¡Adelante! - rugió doña María.

Y siguió el obstinado empeño contra la tenacidad de los moluscos; lo más irritante, lo más enardecedor era verlos así, tan tranquilos, tan inexpresivos, tan impávidos frente a la ardorosa acometida de sus enemigos. Cuando se lucha contra otro hombre, o contra un oso, o contra un león, hay momentos en que se pueden apreciar las molestias que se les causan, y desde luego, se nota que los ponemos en trance de hacer esfuerzos y de fatigarse. Esto consuela mucho, aunque resulte uno vencido. Pero la ostra no se altera. Sin duda, pone todas sus energías en no dejarse abrir; mas no se advierte, nada lo denuncia; la famosa impasibilidad de los guerreros indios cara a la muerte es un aspaviento comparada con la de ellas.
Doña Luisa clamó, al fin, triunfalmente:

-¡Una!

Y depositó sobre la mesa una ostra vencida, que mostraba su carne a la luz. Como el olor de la sangre estimula a las fieras para la lucha, así se acrecentaron los afanes, de todos. Los dos chicos tuvieron la idea de aplicar a las ostras el procedimiento con que cascaban las nueces, y metieron las conchas junto a las bisagras de las puertas. En aquel instante, la segunda criada se cortó dos dedos, que cayeron en el cajón y se agitaron allí con movimientos vermiformes. La puerta, cerrada violentamente, saltó de sus encajes, y los chicos corrieron en busca de otra. El señor Domínguez, con los ojos fuera de las órbitas, lanzaba los moluscos contra el suelo y contra la pared, y se precipitaba después sobre ellos, hurgándolos con el cuchillo, suponiendo que los encontraría atontados. Los apoyaba contra su estómago, y en una de estas se hundió en él la faca hasta el mango y cayó muerto, después de murmurar:

- ¡Otro talla!

Los goznes de dos puertas más se desencajaron estrepitosamente. Doña Luisa recibió una cuchillada que le atizó doña María sin darse cuenta. Doña María le dijo, muy cortésmente:

- ¡Perdone, hija, que fue sin querer!

- Sí, sí; sería sin querer - contestó la invitada, sin poder disimular su descontento -; pero aquí la que se muere es una!

Y cayó cerca de su marido.

Continuó sola doña María. Se cortó el meñique. No le importó. Se cortó el anular. Ni lo sintió apenas. Se cortó el dedo medio. Y el índice. Y el pulgar... La mesa estaba sembrada de dedos, como de espárragos. Hacia la parte de la sala se oían las detonaciones de las puertas que saltaban de sus encajes; Doña María vociferó:

-¡Ya lo tengo!...¡Esta ha caído!

El señor Domínguez suspendió su agonía para abrir un ojo. Pero la dueña de la casa se había equivocado; por la torpeza con que sujetaba las ostras bajo el brazo desde que se había quedado sin manos, estaba abriendo su propia caja torácica. Cuando se enteró, ya era tarde. Se le doblaron las piernas. Aún tuvo tiempo de aclarar, antes de desplomarse:

- De todo esto nadie tiene la culpa más que el serpentón de mazapán. El serpentón de mazapán estaba cerca, en su caja. Pero se calló como un zorro.

Wenceslao Fernández Flórez (1886)

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